
Durante años, la conversación sobre cambio climático se ha centrado en la necesidad de reducir emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, cada vez es más evidente que no podremos alcanzar las metas climáticas únicamente a través de la transición energética, también debemos transformar la forma en que producimos, consumimos y gestionamos los recursos. Es aquí donde la economía circular emerge como una de las estrategias más efectivas para cuidar el clima y construir territorios más resilientes.
El modelo económico tradicional sigue una lógica lineal de extraer, producir, consumir y desechar. Bajo este esquema se ha realizado el crecimiento económico durante décadas, pero también ha generado una presión sin precedentes sobre los ecosistemas. La extracción de materias primas, la fabricación de productos y la disposición final de residuos son responsables de una proporción significativa de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Soportando en reportes de organismos internacionales, cerca de la mitad de las emisiones mundiales están asociadas a la extracción y transformación de recursos, esto significa que la lucha contra el cambio climático no solo depende de cómo generamos energía, sino también de cómo utilizamos los materiales y los mantenemos circulando en la economía durante el mayor tiempo posible.
La economía circular propone precisamente este cambio de paradigma, su objetivo es diseñar sistemas donde los materiales, productos y recursos mantengan su valor durante más tiempo, reduciendo la necesidad de extraer nuevas materias primas y evitando que los residuos terminen en rellenos sanitarios afectando nuestro planeta.
En Colombia, este enfoque ha venido consolidándose como una prioridad nacional y ha sido la Estrategia Nacional de Economía Circular quien ha impulsado una visión donde los residuos dejan de ser vistos como un problema y comienzan a reconocerse como recursos capaces de generar valor económico, social y ambiental.
La conexión entre economía circular y acción climática es especialmente visible en la gestión de residuos, cada tonelada de material aprovechado evita la extracción de nuevos recursos y reduce las emisiones asociadas a su procesamiento.
Pero el impacto de la economía circular va mucho más allá del reciclaje. Actualmente, las tendencias más relevantes incluyen el ecodiseño de productos, los modelos de negocio basados en servicios, la simbiosis industrial, la logística inversa, la regeneración de ecosistemas y la incorporación de criterios de circularidad en las cadenas de valor. Estas estrategias permiten abordar simultáneamente desafíos ambientales, económicos y sociales.
Desde la experiencia de la Fundación Socya, hemos evidenciado que la transición hacia modelos circulares también genera oportunidades para fortalecer comunidades, dignificar el trabajo de los recicladores de oficio, impulsar emprendimientos sostenibles y construir cadenas de valor más inclusivas. La economía circular no solo protege el ambiente, también promueve el desarrollo territorial y la generación de empleo verde.
Hoy más que nunca, las organizaciones tienen la oportunidad de pasar de los compromisos a la acción, medir indicadores de circularidad, implementar programas de aprovechamiento de materiales, fortalecer esquemas de responsabilidad extendida del productor, reducir pérdidas en los procesos productivos y promover el consumo responsable son algunas de las acciones que pueden acelerar esta transformación.
El cambio climático es uno de los mayores retos de la actualidad, enfrentarlo requiere innovación, colaboración y una visión sistémica que conecte la gestión de recursos con la sostenibilidad del planeta. Cuidar el clima es una responsabilidad colectiva que involucra instituciones, productores, consumidores, recicladores, emprendedores, organizaciones sociales y comunidades.
Cada decisión que prolonga la vida útil de un producto, evita un residuo y reincorpora materiales a la economía, representa una pequeña acción climática.
La pregunta ya no es si debemos avanzar hacia la economía circular, la verdadera pregunta es qué tan rápido estamos dispuestos a hacerlo para construir un futuro más resiliente, competitivo y sostenible para todos.
Escrito por: Elizabeth Pizano, Líder Ambiental
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